Lazoos revista de Mascotas

Yenko, un perro pequeño con alma gigante

En su momento, el diagnóstico fue simple, rápido y crudo: Hidrocefalia. Una anomalía en la que el cráneo no termina de cerrarse por completo, generando una presión constante en la cabeza que podría provocar numerosas repercusiones en la salud general del animalito.

Y el adjetivo “diminuto” para describirlo no era exageración: mientras que el resto de la camada medía lo mismo que la palma de la mano de Felipe, el perrito medía la mitad. A partir de su talla nacieron numerosos apodos: “bebé chiquito”, “microdiminuto”, “megaminúsculo”, “bosón de Higgs” (la partícula más pequeña que existe).

Pero, al final, ninguno de esos fue su nombre oficial; lo dejaron Yenko Pedro José.

Y Yenko Pedro José no vivió cinco meses, ni dos años, ni cinco, como le dijeron varias veces. Por el contrario, caminó junto a Felipe por casi una década, bastante menos pequeño que cuando nació, pero con el alma más grande que nunca hasta su último día.

El camino no fue nada fácil al principio, cuenta Felipe. Yenko Pedro José lloró durante dos días cuando nació, y apenas caminó a los cuatro meses. Mandarina parecía protegerlo a él más que al resto de sus cachorros, pero eso sí: hacía una excepción exclusivamente cuando se trataba de Felipe. “Yo me acercaba a cogerlo, porque había que alimentarlo con jeringa cada media hora, y Mandarina me miraba como diciéndome ‘Bueno, a ti sí te lo presto’”, cuenta él. 

Una infección urinaria fue el segundo diagnóstico que Yenko recibió poco antes de cumplir un año. A pesar de que Felipe agotó todos los recursos con los que contaba su seguro de mascotas para tratarla, nada parecía funcionar. 

Ahí fue cuando apareció la clínica veterinaria La Salle. Y el diagnóstico, aunque preocupante, era más acertado, más preciso y menos crudo que los que había escuchado antes: la “infección urinaria” realmente era un Síndrome de feminización del macho, una enfermedad ocasionada por tener un testículo atrapado, que hacía que se desarrollara más estrógeno de lo normal y creaba un desorden general en todo el sistema. Había que operarlo, y el procedimiento no era económico.


“Voy a salvar al perro, no me importa si me quiebro”

Felipe decidió hacer una rifa para suplir los gastos de la operación. ¿Cuánto sería capaz de recoger? ¿Un millón, tal vez dos? Subió un video a sus redes sociales rifando productos de su marca Squishy, y se hizo mucho, mucho más viral de lo que esperaba. Terminó recogiendo diez millones de pesos.

Así, entonces, Yenko recibió su operación, se recuperó exitosamente y Felipe tuvo un respiro económico suficiente para dedicarse tiempo completo varias semanas al perro que iba a acompañarlo por mucho más tiempo que esos supuestos cinco meses iniciales.

A medida que fue creciendo, también lo hizo su personalidad amorosa, la que siempre atrajo a cualquier persona que pasaba cerca de él. Cuenta Felipe que todos querían tener algo que ver con su golden retriever, y que quedaban felices con el más pequeño contacto con el perrito. Porque uno da lo que es, y Yenko fue amor, y a todos les gusta recibir amor.

Y a pesar de que Yenko atravesaría más obstáculos después, ninguno fue demasiado grande – ni para el perro, ni para el dueño-. Si venía una enfermedad, también venía una forma nueva de apoyarlo, acompañarlo y tratarlo. Por eso, esta no es la historia de un perro enfermo. Es la de dos almas que se salvaron mutuamente todos los días. “La conexión que [sentí] con Yenko, no creo que se haya hecho hace ocho años; pareciera que ya venía hecha desde antes”, dice Felipe.


El sentido del cuidado

El dueño es ingeniero mecánico de profesión, pero vive de su emprendimiento desde hace ya varios años, y las ganas de cuidar a Yenko fueron las que lo impulsaron todos los días a seguir persiguiendo esa libertad que trae consigo tener su propio negocio. Para acompañarlo, para estar junto a él en el que fuera su último respiro en este plano. Felipe cree que, quizá, si no hubiera sido por su perro, él pasaría todos sus días en una oficina durante 9 horas. 

Por eso, cuando muchos le preguntaron en su momento “¿Y qué vas a hacer con él?”, la respuesta no tuvo mayor ciencia: pues cuidarlo. Él era consciente de que muchos pensaban que iba a “encartarse”, pero ahora, habiendo despedido por última vez a Yenko después de ocho años, sabe que con él encontró la vida que no se había imaginado, pero que terminó teniendo mucho más sentido que cualquier otra alternativa.

Felipe salvó a Yenko muchas veces desde que nació. Con tratamientos, con terapias, con medicinas y hospitales. Pero hay algo más profundo que la medicina, que fue clave para salvarlo, y es lo mismo que usó Yenko para salvar a Felipe desde el primer día: amarse el uno al otro. Sin peros, objeciones ni excepciones, como solo una mascota sabe hacerlo.

Yenko Pedro José falleció en mayo de 2026, y su vida fue el resultado de contrariar los peores pronósticos, de numerosos giros inesperados de hechos y, sobre todo, del amor infinito de un dueño que supo que él no fue el único salvador de la historia.

Porque pudo haber sido pequeño al nacer, pero su alma, viviendo junto a la de Felipe, logró siempre ser mucho más grande que cualquier diagnóstico.

Fotos: Cortesía
Redacción Lazoos

Salir de la versión móvil